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José-Carlos Mainer. Guernica, a la luz del exilio

14 septiembre , 2017 - 19:00 h / Edificio Nouvel. Auditorio 200

entrada gratuita hasta completar aforo

Guernica en el Musée des Arts Décoratifs, 1955  © Manuel Litran/Paris Match via Getty Images
Guernica en el Musée des Arts Décoratifs, 1955 © Manuel Litran/Paris Match via Getty Images

En el marco del ciclo de conferencias Devenir Guernica. Lecturas sobre guerra, exilio e iconoclastia, organizado con motivo del ochenta aniversario de la obra, el historiador de la literatura José-Carlos Mainer analiza  el papel de Guernica en las redes literarias del exilio republicano tras la Guerra Civil.

Edward W. Said escribe en Reflexiones sobre el exilio (2000) que el exilio es “la grieta imposible de cicatrizar interpuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar”. La mayoría de los rasgos determinantes de la cultura moderna están marcados por el extrañamiento físico o lingüístico. Y esta es la paradoja –identidad y/o extrañamiento– que comparten los exilios y que también marca el destino y significado de algunas de las obras producidas durante este proceso de desarraigo.

El exilio español de 1939 no solo supuso la pérdida de un país, sino la negación y destrucción, por parte de los vencedores, de un legado político y cultural. Esta situación se mantuvo a lo largo de varias décadas. Muchos no se adaptaron nunca. Otros siguieron mirando atrás, como muestra la obra de León Felipe, parte de la poesía de Rafael Alberti y Luis Cernuda, o los ensayos de María Zambrano. Hay quienes buscaron la resurrección milagrosa del pasado inocente anterior al destierro, como Ramón J. Sender en Crónica del alba (1942); o las razones de una lucha perdida, como Max Aub en su serie El laberinto mágico (1943-1968). Tampoco faltaron los que vivieron la experiencia como un estímulo: Juan Ramón Jiménez en sus poemas de  Lírica de una Atlántida (1936-1954) y Pedro Salinas en El contemplado (1946). Algunos reconstruyeron su vida desde las posibilidades que ofrecía América, como Francisco Ayala, o asociaron el futuro de su país perdido al de otras tierras, como hizo Juan Larrea convirtiendo a César Vallejo en profeta de una esperanza. Y no es casual que el mismo Larrea quisiera convertir el mural de Picasso en el símbolo privilegiado de la guerra heroica y perdida, en su polémico libro de 1947, Guernica. Pablo Picasso, editado por el Museum of Modern Art de Nueva York.

Guernica llegó a América en el Normandie poco después de que lo hicieran los últimos buques de exiliados. La obra había formado parte del último momento de afirmación de la cultura progresista española: el Pabellón Español de la Exposición Universal de París (1937). Y aunque ha prevalecido la interpretación más universalista del cuadro, nunca dejó de ser un icono de la tragedia española, como lo fue su autor en el exilio. Guernica aglutina múltiples lecturas al mismo tiempo y, por ello, no es de extrañar que su regreso a España en 1981 abriera de nuevo la polémica: ¿fin del exilio o exilio sin fin?

José-Carlos Mainer. Historiador de la literatura. Es catedrático emérito de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza. Ha publicado más de dos centenares de artículos y una treintena de libros, entre los que están La Edad de Plata (1902-1939). Ensayo de interpretación de un proceso cultural (1975) y Tramas, libros, nombres. Para entender la literatura española (1944-2000) (2005). Su último libro es Historia mínima de la literatura española (2014).

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